Evocar.

Nos levantamos pensando en ésas sillas de terraza de bar. Esas sillas de alumino mellado, alrededor de una mesa redonda con la superficie metálica y esos cuadraditos decorativos que cambían en función de cómo les de el sol. Pensamos luego que encima de esa mesa debería haber una caña bien fría y quizás unas olivas en una bandejita alargada y estrecha. Unas bravas y quizás algún boquerón. Muy probablemente la mesa contaría con la presencia de uno de esos dispensadores de servilletas rojo, con el logo de Estrella Damm a un lado. Y ya puestos una Vanguardia un poco humedecída por la proximidad del mar y con vários cercos de vasos.
Luego añadímos en un segundo plano una larga playa que se extiende hasta los acantilados que caen al mar. Por encima de la roca se erige un Castillo cubierto en yedra y nos recuerda la pequeña cala que detrás del edificio se esconde. A medio camino del castillo hay un espigón con un pequeño faro automático. Dicha construcción dista de la línea de costa en unos 50 metros y hacia el interior hay lo que queda de un búnquer construido muy probablemente después de la Guerra Civil. Y cada vez que vemos esa playa nos acordamos de cómo era antes, estrecha, con rocas, poco visitada, pero así es cómo era y ya no es.
Hemos dejado el coche dos calles por atrás del paseo y nos hemos planteado el comprar el pan en un horno cercano. Ha estas alturas del año los primeros alemanes y ingleses ya asoman sus cabezas tímidamente, y cerca de nuestra mesa hay una pareja de Sabadell con sus dos chavales, uno de siete y otro de nueve años. Los niños insiten en bajar a la playa a tocar el agua y sus padres que leen El Periódico no les prestan demasiada atención. El mayor de los chavales del Vallés está tomando una fanta con dos cubitos de hielo y media rodaja de naranja y el pequeño lo mismo. La madre se toma una Coca-Cola Light y el padre una Voll-Damm.
Y ahí estamos pensando en que luego pasaremos por la pescadería a pedir un poco de calamar, sepia, unas chirlas, cabezas de pescado, unas galeras (si queda alguna) algún mejillón fresco y algo que se me escapa, azafrán no, que aún queda un poco en casa. Faltan también un par de pimientos verdes, de los largos, y arroz del Delta.
Y pasaremos de largo del pueblo tomando la antigua N-340 y pasando por delante del único Hórreo de toda la provincia. Y al cabo de unos 4 km subiremos esa cuesta, antaño rodeada de algarrobos y hoy día poblada de cutrerío.
Aparcaremos enfrente de casa, y Suomi vendrá hasta nosotros acariciando todas las paredes a su paso y lamentándose no se sabe por que. Y nos seguirá hasta la cocina, abriremos todas las ventanas y pondremos el Fabric 36 de Ricardo Villalobos que empieza tímido y silencioso y luego se alarga hasta la hora y media. Y al ritmo de los microscópicos glitches del Chileno empezaremos a picar minuciosamente y microscópicamente un par de cebollas.
Luego añadímos en un segundo plano una larga playa que se extiende hasta los acantilados que caen al mar. Por encima de la roca se erige un Castillo cubierto en yedra y nos recuerda la pequeña cala que detrás del edificio se esconde. A medio camino del castillo hay un espigón con un pequeño faro automático. Dicha construcción dista de la línea de costa en unos 50 metros y hacia el interior hay lo que queda de un búnquer construido muy probablemente después de la Guerra Civil. Y cada vez que vemos esa playa nos acordamos de cómo era antes, estrecha, con rocas, poco visitada, pero así es cómo era y ya no es.
Hemos dejado el coche dos calles por atrás del paseo y nos hemos planteado el comprar el pan en un horno cercano. Ha estas alturas del año los primeros alemanes y ingleses ya asoman sus cabezas tímidamente, y cerca de nuestra mesa hay una pareja de Sabadell con sus dos chavales, uno de siete y otro de nueve años. Los niños insiten en bajar a la playa a tocar el agua y sus padres que leen El Periódico no les prestan demasiada atención. El mayor de los chavales del Vallés está tomando una fanta con dos cubitos de hielo y media rodaja de naranja y el pequeño lo mismo. La madre se toma una Coca-Cola Light y el padre una Voll-Damm.
Y ahí estamos pensando en que luego pasaremos por la pescadería a pedir un poco de calamar, sepia, unas chirlas, cabezas de pescado, unas galeras (si queda alguna) algún mejillón fresco y algo que se me escapa, azafrán no, que aún queda un poco en casa. Faltan también un par de pimientos verdes, de los largos, y arroz del Delta.
Y pasaremos de largo del pueblo tomando la antigua N-340 y pasando por delante del único Hórreo de toda la provincia. Y al cabo de unos 4 km subiremos esa cuesta, antaño rodeada de algarrobos y hoy día poblada de cutrerío.
Aparcaremos enfrente de casa, y Suomi vendrá hasta nosotros acariciando todas las paredes a su paso y lamentándose no se sabe por que. Y nos seguirá hasta la cocina, abriremos todas las ventanas y pondremos el Fabric 36 de Ricardo Villalobos que empieza tímido y silencioso y luego se alarga hasta la hora y media. Y al ritmo de los microscópicos glitches del Chileno empezaremos a picar minuciosamente y microscópicamente un par de cebollas.